La técnica secreta de pesca
En un pequeño pueblo a orillas del Guadalquivir, Manolo era conocido por ser el peor pescador de la comarca. Llevaba más de veinte años yendo al río todos los fines de semana y jamás había logrado pescar nada más grande que un zapato viejo.
Sin embargo, de la noche a la mañana, la suerte de Manolo cambió drásticamente. Cada tarde regresaba a la plaza del pueblo con cubos llenos de truchas, carpas y lucios gigantescos. La gente del pueblo no daba crédito y los pescadores más veteranos se morían de envidia.
El cura del pueblo, intrigado por el repentino milagro, decidió abordarlo un domingo tras la misa:
— Manolo, hijo mío, el pueblo entero está maravillado. Pero me preocupa que hayas acudido a artes poco ortodoxas o al engaño. Como tu guía espiritual, debo preguntarte: ¿cuál es tu secreto para pescar tanto?
Manolo, mirando a un lado y a otro para asegurarse de que nadie escuchaba, le murmuró:
— Padre, se lo confieso a usted porque sé que guardará el secreto de confesión. El truco está en la lombriz. Antes de anzolarla, la pongo en mi boca durante un par de minutos para darle calor humano, cariño y humedad. Eso las vuelve irresistibles para los peces.
El cura, impresionado por la dedicación y un poco asqueado por el método, le dice:
— ¡Vaya! Jamás habría imaginado semejante sacrificio… Es una muestra de paciencia admirable, Manolo.
A lo que Manolo sonríe, le guiña un ojo y le responde:
— ¡Y tanto, Padre! ¡Si supiera lo difícil que es aguantarse las ganas de tragárselas cuando te despiertas a las cinco de la mañana con resaca!
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