Rocío Olivares une la ciencia y la tradición: de la huerta familiar al mercado del pueblo

Rocío Olivares trabaja en su huerta familiar de agricultura regenerativa en La Iruela

La ambientóloga formada en la Universidad de Jaén ha recuperado en La Iruela una huerta familiar y la ha convertido en un proyecto de agricultura regenerativa que lleva frutas y verduras de temporada directamente hasta el mercado de Cazorla

Hay historias que empiezan en una universidad y terminan regresando a la tierra. La de Rocío Olivares es una de ellas.

Después de formarse como ambientóloga en la Universidad de Jaén y completar un máster en Agricultura Biológica en Baeza, Rocío decidió volver a La Iruela y mirar de nuevo hacia un lugar que siempre había estado ahí: la huerta familiar.

Lo que podría haber sido simplemente el regreso a una finca de la familia se ha convertido con el paso del tiempo en un proyecto que une conocimiento científico, tradición agrícola y una forma diferente de entender la relación con la tierra.

A los pies del castillo de La Iruela y junto a El Reventón, la antigua huerta familiar ha ido transformándose hasta convertirse en lo que Rocío define como una «huerta jardín» o una «huerta bosque».

Un espacio en el que cultivar alimentos no es la única finalidad.

La idea es crear un pequeño ecosistema donde las plantas, los árboles, los insectos y las aves formen parte de un mismo equilibrio y donde la producción agrícola pueda convivir con la biodiversidad.

Una huerta que se parece más a un ecosistema

La filosofía de Rocío parte de una idea sencilla: la huerta no tiene por qué ser únicamente un lugar destinado a producir alimentos. También puede ser un espacio de vida.

En su finca conviven cultivos de temporada con árboles frutales y variedades antiguas. La diversidad vegetal favorece la presencia de insectos polinizadores y de aves, creando un entorno en el que la agricultura y la naturaleza se encuentran.

El resultado es un modelo que busca alejarse de los sistemas de cultivo más intensivos y recuperar una relación más cercana con el suelo.

La producción se desarrolla sin utilizar productos fitosanitarios desde hace varios años, siguiendo una filosofía vinculada a la agricultura regenerativa y al cuidado de la tierra.

Pero detrás de esta manera de trabajar hay también un aprendizaje que procede de generaciones anteriores.

Porque antes de estudiar Ciencias Ambientales y especializarse en Agricultura Biológica, Rocío ya tenía cerca una fuente de conocimiento que no aparece en los libros: el de quienes llevan toda la vida trabajando el campo.

La experiencia de la familia y los conocimientos adquiridos durante su formación universitaria han terminado encontrándose en una misma huerta.

Cuando la universidad vuelve al pueblo

La historia de Rocío representa también una manera diferente de entender el regreso al mundo rural.

Su formación le permitió adquirir conocimientos relacionados con el medio ambiente, los ecosistemas y la agricultura, pero su proyecto demuestra que ese conocimiento también puede aplicarse directamente sobre el territorio.

La huerta se convierte así en un espacio donde la teoría y la práctica se dan la mano.

Por un lado está la ciencia, que permite comprender cómo funciona el suelo, cómo se relacionan las especies y cómo favorecer una agricultura más respetuosa con el entorno.

Por otro, está la tradición familiar, basada en conocimientos transmitidos durante generaciones y en una forma de trabajar la tierra adaptada a las condiciones del lugar.

La combinación de ambas perspectivas es la que da sentido al proyecto.

Rocío no ha elegido entre tradición y conocimiento científico. Ha decidido unirlos.

Y el resultado es una forma de cultivar que mira al futuro sin renunciar a lo aprendido del pasado.

Del huerto al mercado: productos de kilómetro cero

La historia no termina en la huerta.

Una parte importante del proyecto es precisamente conseguir que los productos cultivados puedan llegar directamente a los consumidores.

Las frutas y verduras de temporada que salen de la finca encuentran su destino en el mercado de Cazorla, donde Rocío comercializa su producción principalmente durante los lunes y sábados de verano.

El recorrido es corto.

De la tierra a la mesa hay apenas unos kilómetros y, entre ambos puntos, existe una relación directa entre quien cultiva y quien compra.

Este modelo permite además que el consumidor conozca el origen de los alimentos y que la producción local encuentre un espacio de comercialización cercano.

Frente a las largas cadenas de distribución, la huerta de Rocío propone un camino mucho más sencillo: cultivar en el territorio, recoger cuando el producto está en su momento y llevarlo directamente al mercado.

Es, en cierta manera, volver a una forma de comercio que durante generaciones fue habitual en los pueblos y que hoy vuelve a adquirir valor.

Una agricultura que también busca recuperar la biodiversidad

Uno de los aspectos más singulares de esta iniciativa es la importancia que concede a la biodiversidad.

La presencia de diferentes especies vegetales permite crear un entorno más diverso y favorecer la aparición de insectos y aves.

En esta huerta, los árboles no solo tienen una función productiva.

También hay espacio para la naturaleza.

La filosofía del proyecto contempla que una parte de los frutos pueda quedar para las aves y otros animales. Una idea que resume perfectamente la forma en la que Rocío entiende su relación con el campo: la huerta no es únicamente de quien la trabaja, sino también un espacio compartido con el resto de seres vivos que forman parte del ecosistema.

Esta visión conecta directamente con los principios de la agricultura regenerativa, que busca no solo producir alimentos, sino también mejorar la salud del suelo, favorecer la biodiversidad y recuperar los procesos naturales.

La importancia de recuperar las variedades tradicionales

Otro de los elementos que forman parte de este proyecto es la recuperación de variedades antiguas de árboles frutales.

Estas variedades tradicionales forman parte del patrimonio agrícola de los territorios y, en muchos casos, han ido desapareciendo a medida que se imponían modelos de producción más uniformes.

Recuperarlas significa conservar también una parte de la memoria agrícola de la zona.

Cada variedad está adaptada a unas determinadas condiciones y forma parte de una historia que va mucho más allá del propio alimento.

En La Iruela, esta recuperación se integra en una huerta que pretende mirar hacia adelante sin perder de vista sus raíces.

Una historia que habla también de nuestros pueblos

La experiencia de Rocío Olivares puede entenderse como una historia individual, pero también refleja una realidad mucho más amplia.

La de quienes deciden regresar a los pueblos y buscar en ellos nuevas oportunidades.

La de las personas que recuperan terrenos familiares.

La de quienes apuestan por la producción local.

Y también la de quienes intentan demostrar que el mundo rural puede ser un espacio para desarrollar proyectos innovadores sin romper con las tradiciones que lo han construido.

En una provincia como Jaén, donde el campo forma parte de nuestra identidad y donde la agricultura continúa siendo uno de los principales motores económicos, iniciativas como esta permiten abrir el debate sobre otras formas de cultivar y de relacionarnos con los alimentos.

La huerta de Rocío representa, en pequeña escala, esa posibilidad de conectar diferentes generaciones y diferentes conocimientos.

La ciencia aporta nuevas herramientas.

La tradición conserva la experiencia.

Y la tierra es el lugar donde ambas terminan encontrándose.

Una huerta que empieza en La Iruela y termina en la mesa de los vecinos

El proyecto de Rocío Olivares tiene además una característica que lo hace especialmente cercano: no pretende quedarse únicamente en la finca.

Su producción sale de la huerta y llega al consumidor.

Cada lunes y sábado de verano, quienes se acercan al mercado de Cazorla pueden encontrar parte de las frutas y verduras cultivadas en este pequeño espacio situado junto al castillo de La Iruela.

Es el último paso de un recorrido que comienza mucho antes.

Empieza con la preparación de la tierra, continúa con la siembra y los cuidados, sigue con la recogida de los productos y termina en el mercado.

Un viaje corto en kilómetros, pero que encierra una historia mucho más larga.

La de una familia, una huerta, una formación universitaria y una manera de entender la agricultura que busca recuperar el equilibrio entre producción y naturaleza.

Porque quizá la gran lección de esta historia sea precisamente esa: que para mirar hacia el futuro no siempre es necesario alejarse de nuestras raíces.

A veces basta con volver a ellas.

Y en La Iruela, Rocío Olivares ha encontrado en una antigua huerta familiar el lugar donde unir lo aprendido en la universidad con lo aprendido de la tierra.

Desde allí, su proyecto recorre unos pocos kilómetros hasta el mercado de Cazorla.

Del conocimiento a la tradición.

De la tradición a la huerta.

Y de la huerta, finalmente, a la mesa.

La imagen de esta noticia es una simulación generada por IA.